En camino hacia el café; no muy
feliz, no muy triste (…), silencio absoluto. De nuevo el aparatejo… mi teléfono móvil, en realidad no se me
apetecía contestar pero aquel siguió vibrando, así que no halle más remedio que
atender irresponsablemente (si, responder el celular mientras conducía).
No me percate del número y… ¡Hola mi amor! –, – ¿Qué pasa contigo? –, – “Durante
el día he tratado de comunicarme y lo
único que has hecho es rechazar mis llamados” –, – ¿Te sucede algo cariño? – (…) – ¡Conejito,
te estoy hablando! –, – Mi cielo,
¿estás ahí, me escuchas? –, – ¡Salma!
– oh por Dios, entré en razón y Mario (¡!) – Mi vida perdóname, estoy conduciendo –, – Sabes que no puedo realizar dos cosas al mismo tiempo –, – Dame un segundo y me estaciono –.
“Mario, Mario… Mario” ¿cómo pude olvidarme de él? –, – refuté (Por
cierto es mi prometido) –, – Mario, cariño ¿qué decías? – Mario respondió – Mi
Conejito, he tratado de comunicarme contigo y solamente lo hacía para
recordarte el compromiso de esta noche, no me falles ¡Te amo! – proseguí – Yo también, estaré allá en ”un par de
minutos” –, – colgué y así mismo directo a la reunión –.
Era tal el afán que olvidé cierta
“obligación” con Ximena; notablemente me dediqué a cumplir y a mostrar otras
facetas incómodas (socialización estrato seis (6)). Terminado el convite me
dirigí así al apartamento de mi prometido, cada uno llegó por su lado pero con
un mismo fin… ¡SEXO! eso era lo que necesitaba. Mario como todo “caballero”
abrió la puerta y primero me dejó pasar, seguidamente lo miré con mucho morbo,
lo tomé de las manos y lentamente me lo llevé hacia el sofá.
Como siempre los besos, besos
apasionados por todas partes, pero… quería ¡PENETRACIÓN! así
que inteligentemente fui derecho hacia su correa y pantalón, pero Mario se me
adelantó (…) ¡bajó mis “calzones” y como mago sacó su pene bien erecto… esa
cosa fue directo hacia mi vagina!
Fue doloroso… aún no me hallaba
lo suficientemente lubricada, a Mario no le parecía importar porque siguió
fornidamente.
– ¡Detente! – le dije – ¡por
favor basta! –, – Mario ¡me lastimas,
por el amor de Dios para! –, – ¡acaso
no entiendes! –, – ¡No más, suéltame!
– por unos instantes me sentí abusada, el bastardo no “entendía” y cada vez
me aprisionaba más. Como única opción grité
varias veces – ¡auxilio! –, pero
nadie atendía a mi llamado, en realidad quería que eso culminara.
Veinte (20) minutos más tarde… paró
el sufrimiento.
© Johana Arango, 2010
RUT 56.271.641
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autorización por escrito del editor.
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