En seguida le refuté – ¡Maldito seas! me das asco – y sin pensarlo dos veces, aquel malhadado me golpeo hasta dejarme privada del dolor, ¿cuánto tiempo duré inconsciente? exactamente no lo sé, pero lo que sí recuerdo es que me encontraba inundada en sangre y de moretones en todo mi cuerpo, en pocas palabras completamente maltratada; no podía levantarme, ni siquiera de arrástrame, gritar y pedir ayuda se me realizó imposible, nadie me escuchaba. Así pues, duré posada en el suelo durante dos días sin ningún auxilio.
Al tercer día, logré levarme e inmediatamente tomé el teléfono y marqué a los paramédicos; en menos de doce minutos llegaron aquellos personajes y me socorrieron. En realidad quedaron impactados en la forma en la que me hallaron; por supuesto, preocupados me cuestionaron más de catorce mil veces – ¿Qué fue lo que te sucedió? – y de esas catorce mil oportunidades callaba, ya que si se enteraban de lo sucedido irían en busca y arresto del criminal, y eso sería empeorar más mi situación; tanto como caducar del mundo, así que decidí no inculpar.
En efecto, duré internada dos semanas, mientras transcurría ese tiempo conspiraba mi vil venganza; quería asesinarlo, tomar un cuchillo y atravesárselo lentamente por todo su cuerpo; era una malnacida zorra, en verdad quería matarlo. En pocas palabras, me encontraba bastante segura de lo que tramaba, así que decidí esperar a que me dieran de alta para comenzar con la tortura.
Mi salida por fin había llegado y ni más ni menos, llamé aquel imbécil para ofrecerle mis disculpas – Hola mi dulce caballero, sabes con quien tienes el gusto – y el bastardo contestó – Claro, como no acordarme de tu estremecedora voz –, – Y… a que se debe tu llamada – ni perezosa le respondí – Llamaba para brindarte mis excusas por mi mal comportamiento y por eso quiero recompensártelo – con alegoría este replicó – Mmm, réproba puta eres encantadora, me fascina tu inteligencia –, – Mi pequeña ramera estaré esperando mi galardón – y seguí refutando – Mi príncipe no te quiero hacerte esperar, así que mañana en la tarde llegaré volando a tu apartamento, ¿Qué me te parece? – Y el malhadado respondió – ¡Perfecto! aquí te estaré esperando –.
Estaba resuelta en un manojo de alegría, al saber de que aquel infeliz coqueteaba con el crimen, con mí crimen y para variar faltaba tan sólo veinticinco horas con quince minutos para el inicio del juego.
Arregle milimétricamente todo sin olvidar detalles; facas y escarpelos de todos los tamaños, correas de cuero para que los azotes fueran más dolorosos, tijeras tal vez para cortar sus dedos u orejas, bolsas negras por si tenía que descuartizarlo, trapos limpios y sucios para deterger su deliciosa sangre, cuerdas, venenos, esposas y entre otros trebejos; pero noté que algo importante me faltaba un arma, dónde diablos encontraría una y a esas horas, además los chécheres que llevaría serían inútiles, es decir, no bastarían para matarlo, me sentía incompleta en verdad mi plan ya se estaba echando a perder.
Al tercer día, logré levarme e inmediatamente tomé el teléfono y marqué a los paramédicos; en menos de doce minutos llegaron aquellos personajes y me socorrieron. En realidad quedaron impactados en la forma en la que me hallaron; por supuesto, preocupados me cuestionaron más de catorce mil veces – ¿Qué fue lo que te sucedió? – y de esas catorce mil oportunidades callaba, ya que si se enteraban de lo sucedido irían en busca y arresto del criminal, y eso sería empeorar más mi situación; tanto como caducar del mundo, así que decidí no inculpar.
En efecto, duré internada dos semanas, mientras transcurría ese tiempo conspiraba mi vil venganza; quería asesinarlo, tomar un cuchillo y atravesárselo lentamente por todo su cuerpo; era una malnacida zorra, en verdad quería matarlo. En pocas palabras, me encontraba bastante segura de lo que tramaba, así que decidí esperar a que me dieran de alta para comenzar con la tortura.
Mi salida por fin había llegado y ni más ni menos, llamé aquel imbécil para ofrecerle mis disculpas – Hola mi dulce caballero, sabes con quien tienes el gusto – y el bastardo contestó – Claro, como no acordarme de tu estremecedora voz –, – Y… a que se debe tu llamada – ni perezosa le respondí – Llamaba para brindarte mis excusas por mi mal comportamiento y por eso quiero recompensártelo – con alegoría este replicó – Mmm, réproba puta eres encantadora, me fascina tu inteligencia –, – Mi pequeña ramera estaré esperando mi galardón – y seguí refutando – Mi príncipe no te quiero hacerte esperar, así que mañana en la tarde llegaré volando a tu apartamento, ¿Qué me te parece? – Y el malhadado respondió – ¡Perfecto! aquí te estaré esperando –.
Estaba resuelta en un manojo de alegría, al saber de que aquel infeliz coqueteaba con el crimen, con mí crimen y para variar faltaba tan sólo veinticinco horas con quince minutos para el inicio del juego.
Arregle milimétricamente todo sin olvidar detalles; facas y escarpelos de todos los tamaños, correas de cuero para que los azotes fueran más dolorosos, tijeras tal vez para cortar sus dedos u orejas, bolsas negras por si tenía que descuartizarlo, trapos limpios y sucios para deterger su deliciosa sangre, cuerdas, venenos, esposas y entre otros trebejos; pero noté que algo importante me faltaba un arma, dónde diablos encontraría una y a esas horas, además los chécheres que llevaría serían inútiles, es decir, no bastarían para matarlo, me sentía incompleta en verdad mi plan ya se estaba echando a perder.
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