lunes, 1 de junio de 2009

LAS CACERÍAS DE DONATELLA – Capítulo 57 –

Me hallaba realmente cansada de la mugrosa vida que llevaba; sencillamente no sabía el momento, ni el instante en que había adoptado tal estilo; me sentía destrozada e indefensa; quería gritarle al mundo y a Dios, pero no poseía derecho, ni si quiera de llorar; me miraba al espejo y encontraba a la perfecta y miserable puta.

Perdí lo maravilloso y hermoso de la existencia; derroché y desvaloré el cariño de aquellos que verdaderamente me apreciaban; pensaba que lo tenía todo pero evidentemente no estimaba nada, me había convertido en una ramera e inverosímil asesina y todo a causa de aquellos bandidos que inmolaron a mi único amor; no fueron solos los recuerdos que alimentaron todo mi rencor, odio y recelo, sino también los malditos bastardos que tomaban mi cuerpo cada vez que necesitaban saciar su deseo carnal. Estaba en el hueco más podrido y además ya era muy tarde para lamentaciones; tenía deseos de suicidarme, de cortar cada una de las venas de mi cuerpo; pero como siempre todo era imposible; tal vez cortaría una o dos, pero todas nunca; la idea de matarme seguía rondando mi cabeza, pues no me importaba ya nada, ni siquiera que fuera víctima de una violación.

Me cuestioné una y quinientas diecinueve veces – ¿Qué he hecho con mi vida? – Y la única respuesta que siempre hallaba – Nada – ya ni pensaba y eso era triste; me había vuelto egoísta, pues odiaba que los demás disfrutarán de su maldita alegría y que yo me revolcara cada vez más de mi asqueroso remordimiento, seguidamente me grité – ¿Porqué ahora perra, porqué? –, – Tuviste no una, sino miles de oportunidades para alejarse de este desagradable mundo – bajé mi tono de voz, posteriormente agaché mi cabeza inundada de las únicas lágrimas sinceras que había derramado en toda mi vida y proseguí exclamando – Esto nunca fue un juego de niñas, siempre fue la boca del diablo, el me tuvo y todavía me tiene y ahora el huir se ha resuelto absurdo –, luego callé y en esos momentos sentí la presencia del demonio, tanto que alcancé a percibir su maligna voz en cada rincón; comencé a lastimarme y golpear mi cabeza.

En efecto, no sabía lo que me pasaba, en menos de doce segundos mi cuerpo se hallaba vuelto en sangre, estaba completamente desubicada, nuevamente empecé a gritar como loca y a percutirme incesantemente, todo lo que hallaba a mi paso lo destruía y lo arrojaba contra la pared, de repente noté un estruendo, como si algo se hubiese caído una silla, una mesa o tal vez la puerta pero eso no impidió que siguiera con mi locura; no obstante, tomaron fuertemente mi cuerpo y refutaron – Donatella, mi chiquita por favor detente – con tal solo oír la palabra chiquita reaccioné inmediatamente y me detuve; claramente esas voces las conocía, era la voz de mis ángeles, eran las voces de...

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