Duré tres horas, cuarenta y cinco minutos con diecisiete segundos acicalándome para aquél festejo que prometía mucho; seguidamente tomé mi bolso con las llaves de mi auto, luego me dirigí hacia el estacionamiento y desde allí emprendí una nueva odisea.
Confieso que fumé unos cuantos cigarrillos mientras conducía; a decir verdad, engasté toda la cajetilla de extra largos, era tal la ansiedad que expele las diez pajillas en tan solo quince minutos; mi boca, manos, rostro, el vestido que portaba y el auto, se encontraban impregnados del maldito olor y la única solución que había hallado en ese momento para alejar el efluvio, fue bajar las ventanas para que el viento oreara todo el interior del carro; además, tuve que desperdiciar todos los setenta y cinco mililitros de mi costosísimo perfume; pero gracias a la desfachatez que provoqué, logré evadir gran parte del aroma.
Confieso que fumé unos cuantos cigarrillos mientras conducía; a decir verdad, engasté toda la cajetilla de extra largos, era tal la ansiedad que expele las diez pajillas en tan solo quince minutos; mi boca, manos, rostro, el vestido que portaba y el auto, se encontraban impregnados del maldito olor y la única solución que había hallado en ese momento para alejar el efluvio, fue bajar las ventanas para que el viento oreara todo el interior del carro; además, tuve que desperdiciar todos los setenta y cinco mililitros de mi costosísimo perfume; pero gracias a la desfachatez que provoqué, logré evadir gran parte del aroma.
Por supuesto elogie mi hazaña, solo por el simple hecho de haber sobrevivido de aquel contratiempo; por otra parte, ya me avecinaba al lugar de encuentro; para ser más realista me localizaba a dos cuadras del sitio, pues la noche anterior cierto personaje me había exclamado fuertemente – Si apareces en el paraje sin mi compañía, te juro mal nacida loba que te golpearé – y prosiguió exclamando – Pórtate bien y verás cachorrita el collar de perlas, diamantes y oro que recibirás si demuestras lo buena chica que serás conmigo, mi consentida – pues ni gorda, ni perezosa obedecí paso a paso las indicaciones de mi amo y todo para no ganarme el castigo pero sí lucrar su “cariño”.
Mientras parqueaba mi vehículo cerca del sitio, aquel ampón esperaba en su automóvil; posteriormente marché hacia su cuatro ruedas y arrancamos hacia el asedio; todo era increíble de adentro hacia fuera; los mecenas y sus damas de compañía, el ambiente con su licor y su música, los mozos y mayordomos, hasta me atrevería decir lo buenas y deliciosas que estaban las putas, que además le daban al lugar ese toque de exotismo; en pocas palabras me sentía como la mujer del mayor mafioso, el respetado y venerado padrino.
Hasta ahora todo iba perfecto, el licor y la estruendosa música ya estaban haciendo efecto en mi; de repente me toman fornidamente y observo como el ampón me obliga a ingerir toda clase de droga; todo me daba vueltas, no escuchaba perfectamente lo que decía el bastardo, solo percibía zumbidos y aquella frase que se repetía una, dos y trece veces – Eres encantadora drogada –, estaba totalmente perdida y aún más con esas visiones que frecuentaba; el suelo me hablaba, las paredes se burlaban, colores por un lado y siluetas raras por el otro; no obstante, entre tanto ajetreo me tomaron como prisionera sexual; lo que alcance anotar fue a cinco hombres encima mío, el primero proporcionándome sexo anal, el segundo sexo vaginal, el tercero sexo oral, el cuarto y quinto realizándoles su respectiva felación; no sé si los cinco se colocaron de acuerdo en eyacular al mismo tiempo, pero claramente sus disparos de esperma me excitaron y aumentaron más y más mi ardiente y descarado libido; percibía dolor en cada uno de mis hueros, manos y cuerpo, pero sencillamente no podía detenerme, pues si lo hacia firmaría mi muerte; en verdad no tenía claro lo que realizaba, pero evidentemente estaba loca.
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