Mientras tanto, aquel galante tipejo nunca me tomo enserio, aún no lo sé si fue un error haberle entregado por completo mi corazón, pero si una gran equivocación haberle aceptado cada centímetro de su farsante amor.
No obstante, el imprescindible dolor se había confabulado con la sin vergüenza traición para conferirme su estocada final y ¡valla estocada! el infeliz aceptó su romance con una malhadada guaricha que me llevaba tan solo seis años, con nariz operada y cabello teñido, con regulares senos y abdomen “sobresaliente”, glúteos y piernas tonificadas, un poco más alta pero sin “cejas”, con lomo agrandado y sonrisa grapada de oreja a oreja, en pocas palabras, para él su completa reina.
Pero después del todo, esa putrefacción de mujer no era del tanto magnífica, pues el arlequín confesó que le haría falta las una y mil doscientas noches de sexo frenético y por supuesto mi dulce e inocente saco de huesos; el infame propuso un juego bastante encantador e interesante, tanto que inmediatamente acepte su jolgorio.
El pasatiempo consistía en que los encuentros serían exclusivamente para la diversión y el esparcimiento de nuestros cuerpos y mentes, en pocas palabras sexo; en respetar las reglas del juego, tales como el no mezclar los sentimientos, el no inmiscuir la palabra amor, el no telefonear sin razón alguna, el no celar y causar estragos al otro ante la sociedad, entre otras más payasadas. Después de haber aclarado las innumerables medidas, aproveché mi instinto de seducción para enredar al pardillo diciéndole lo siguiente – sería de muy mal gusto no paladear a tu furcia jarana – de inmediato capto el mensaje y “empezó a jugar”.
Su tono de voz cautivante, su mirada morbosa y sus labios hambrientos cambiaron de manera rápida e impresionante, el pantalón que portaba tomó vida, en su camisa ya no existían botones y sus zapatos ya no hacían parte amigable de sus pies. Luego como mentecato tomó mi cuerpo semidesnudo; así mismo compartimos saliva y rozamos fuertemente nuestras zonas erógenas (pene contra vagina). Todo esto me llenaba excitación, de tan solo pensar que el galante tipejo le era infiel a su malhadada guaricha; el orgullo de mi zorra interior se hacía cada vez más grande.
Después de contemplar tal cogitación, proseguí con mi vil hazaña, mis encardados y ardientes besos fueron tomando rumbo al seco y pálido cuello del infeliz, lentamente bajando por los pequeños y tiesos relieves que se encontraban en su pecho, hasta llegar a su profundo ombligo que me daría la última pista para llegar a lo más deseado, su miembro se hallaban a tan sólo cinco besos y dos lamidas; uno, dos, tres, cuatro y se estremecía, cinco más dos lamidas y de repente de un zarpazo introducí por completo su delicioso y extenuante pene en mi profunda boca, acompañado de sus dos grandes y boludos testículos; pero como olvidar su pequeño hoyuelo que se localizaba a una pequeña instancia de olor.
No obstante, el imprescindible dolor se había confabulado con la sin vergüenza traición para conferirme su estocada final y ¡valla estocada! el infeliz aceptó su romance con una malhadada guaricha que me llevaba tan solo seis años, con nariz operada y cabello teñido, con regulares senos y abdomen “sobresaliente”, glúteos y piernas tonificadas, un poco más alta pero sin “cejas”, con lomo agrandado y sonrisa grapada de oreja a oreja, en pocas palabras, para él su completa reina.
Pero después del todo, esa putrefacción de mujer no era del tanto magnífica, pues el arlequín confesó que le haría falta las una y mil doscientas noches de sexo frenético y por supuesto mi dulce e inocente saco de huesos; el infame propuso un juego bastante encantador e interesante, tanto que inmediatamente acepte su jolgorio.
El pasatiempo consistía en que los encuentros serían exclusivamente para la diversión y el esparcimiento de nuestros cuerpos y mentes, en pocas palabras sexo; en respetar las reglas del juego, tales como el no mezclar los sentimientos, el no inmiscuir la palabra amor, el no telefonear sin razón alguna, el no celar y causar estragos al otro ante la sociedad, entre otras más payasadas. Después de haber aclarado las innumerables medidas, aproveché mi instinto de seducción para enredar al pardillo diciéndole lo siguiente – sería de muy mal gusto no paladear a tu furcia jarana – de inmediato capto el mensaje y “empezó a jugar”.
Su tono de voz cautivante, su mirada morbosa y sus labios hambrientos cambiaron de manera rápida e impresionante, el pantalón que portaba tomó vida, en su camisa ya no existían botones y sus zapatos ya no hacían parte amigable de sus pies. Luego como mentecato tomó mi cuerpo semidesnudo; así mismo compartimos saliva y rozamos fuertemente nuestras zonas erógenas (pene contra vagina). Todo esto me llenaba excitación, de tan solo pensar que el galante tipejo le era infiel a su malhadada guaricha; el orgullo de mi zorra interior se hacía cada vez más grande.
Después de contemplar tal cogitación, proseguí con mi vil hazaña, mis encardados y ardientes besos fueron tomando rumbo al seco y pálido cuello del infeliz, lentamente bajando por los pequeños y tiesos relieves que se encontraban en su pecho, hasta llegar a su profundo ombligo que me daría la última pista para llegar a lo más deseado, su miembro se hallaban a tan sólo cinco besos y dos lamidas; uno, dos, tres, cuatro y se estremecía, cinco más dos lamidas y de repente de un zarpazo introducí por completo su delicioso y extenuante pene en mi profunda boca, acompañado de sus dos grandes y boludos testículos; pero como olvidar su pequeño hoyuelo que se localizaba a una pequeña instancia de olor.
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