Por fin había llegado a su destino de trabajo, luego me dirigí hacia la entrada principal y de repente, de la nada salió un temible pero a su vez un desganado celador, que inmediatamente irrumpió mi recorrido; seguidamente, sin pensarlo cuarenta mil veces aquel centinela refutó – ¿y la señorita hacia dónde se dirige? – mientras me hacía aquella pregunta sonó un teléfono, aligeradamente el custodio fue a responderlo.
Mientras aquel retrucaba, noté que aquel tipo realizó una extraña mirada, pero como siempre lo había echado de menos, sin embargo, no negaré que me quedó una pequeñísima intriga del porque me ojeó; No obstante, el centinela colgó la bocina y nuevamente exclamó de manera alegórica – Pero que pena señorita, por formularle tal pregunta –, – Siga, siga está como en su casa – prosiguió exclamando y para más tuteando – Te subes al ascensor y oprimes el botón número cinco, después de llegar al piso deseado doblas a mano derecha y cuentas desde allí seis puertas; en fin, para que no te pierdas la oficina del Doctor es la última del pasillo, es la número quinientos doce –.
Posteriormente, le refuté mis agradecimientos acompañada de una sonrisa hipócrita, ni más ni menos seguí hacia el ascensor y para colmos este personaje volvió y exclamó fuertemente – Señorita, que tenga buena noche – me volteé y le regale flamantemente la misma sonrisa.
En realidad no había vivido un caso tan embarazoso como ese, pero aún así continué mi camino, por supuesto seguí paso a paso las indicaciones del desganado individuo que gran razón tenía; en la puerta quinientos doce me estaba esperando el Doctor, desde allí comencé mi cacería, empecé a caminar más lento y contoneando mis caderas, mientras mis manos jugueteaba con mi cabello, mi boca y mis ojos decidieron atacar al espécimen con un sensual y provocativo movimiento, fue tal la instigación, que aquella persona no resistió y en cuanto menos el prestigioso Doctor ya se encontraba arrastrando mi cuerpo hacia la sucia oficina, significativamente ya me había imaginado a cuanta zorra había asechado en su despacho, pero eso en verdad me tenía sin cuidado, aquel cerró la puerta con triple pasador e inmediatamente nos lanzamos como dos desequilibrados a su escritorio; sus papeles, su costoso portátil, su lámpara, los bolígrafos, los lápices y el porta retrato que contenía la foto de su bellísima esposa y el abrazados los arrojamos sin desmedida e importancia al suelo.
Empezamos y fue bastante raro, primero penetró su dedo en mi ojete durante veinte minutos, ¡en serio! Alababa desmesuradamente esa parte de mi cuerpo, lamia, besaba, escupía e incursionaba allí pero no tocaba otras partes de mi consistencia, es decir, como que a este personaje se le había olvidado mi vagina, mis senos, mi boca, mi todo… bueno casi todo; de repente, sentí un dedo que traveseaba con mi clítoris, pero no se atrevía tocar más allá; ya me estaba hartando de este pelmazo, es más ni siquiera gemía, verdaderamente no sabía con qué clase de bicho raro estaba teniendo sexo, era un total desastre; es más, compadecí en esos momentos a su esposa por el cuete de zángano que poseía, no por lo mujeriego sino por lo malo en la cama, pero en este caso sería en el escritorio, en pocas palabras si yo fuera ella, ya me hubiese divorciado o mejor aún le hubiere colocado los más hermosos y largos cuernos en su frente, para que al menos entre los dos existiera algo de igualdad él con sus rameras y yo con los míos …
Mientras aquel retrucaba, noté que aquel tipo realizó una extraña mirada, pero como siempre lo había echado de menos, sin embargo, no negaré que me quedó una pequeñísima intriga del porque me ojeó; No obstante, el centinela colgó la bocina y nuevamente exclamó de manera alegórica – Pero que pena señorita, por formularle tal pregunta –, – Siga, siga está como en su casa – prosiguió exclamando y para más tuteando – Te subes al ascensor y oprimes el botón número cinco, después de llegar al piso deseado doblas a mano derecha y cuentas desde allí seis puertas; en fin, para que no te pierdas la oficina del Doctor es la última del pasillo, es la número quinientos doce –.
Posteriormente, le refuté mis agradecimientos acompañada de una sonrisa hipócrita, ni más ni menos seguí hacia el ascensor y para colmos este personaje volvió y exclamó fuertemente – Señorita, que tenga buena noche – me volteé y le regale flamantemente la misma sonrisa.
En realidad no había vivido un caso tan embarazoso como ese, pero aún así continué mi camino, por supuesto seguí paso a paso las indicaciones del desganado individuo que gran razón tenía; en la puerta quinientos doce me estaba esperando el Doctor, desde allí comencé mi cacería, empecé a caminar más lento y contoneando mis caderas, mientras mis manos jugueteaba con mi cabello, mi boca y mis ojos decidieron atacar al espécimen con un sensual y provocativo movimiento, fue tal la instigación, que aquella persona no resistió y en cuanto menos el prestigioso Doctor ya se encontraba arrastrando mi cuerpo hacia la sucia oficina, significativamente ya me había imaginado a cuanta zorra había asechado en su despacho, pero eso en verdad me tenía sin cuidado, aquel cerró la puerta con triple pasador e inmediatamente nos lanzamos como dos desequilibrados a su escritorio; sus papeles, su costoso portátil, su lámpara, los bolígrafos, los lápices y el porta retrato que contenía la foto de su bellísima esposa y el abrazados los arrojamos sin desmedida e importancia al suelo.
Empezamos y fue bastante raro, primero penetró su dedo en mi ojete durante veinte minutos, ¡en serio! Alababa desmesuradamente esa parte de mi cuerpo, lamia, besaba, escupía e incursionaba allí pero no tocaba otras partes de mi consistencia, es decir, como que a este personaje se le había olvidado mi vagina, mis senos, mi boca, mi todo… bueno casi todo; de repente, sentí un dedo que traveseaba con mi clítoris, pero no se atrevía tocar más allá; ya me estaba hartando de este pelmazo, es más ni siquiera gemía, verdaderamente no sabía con qué clase de bicho raro estaba teniendo sexo, era un total desastre; es más, compadecí en esos momentos a su esposa por el cuete de zángano que poseía, no por lo mujeriego sino por lo malo en la cama, pero en este caso sería en el escritorio, en pocas palabras si yo fuera ella, ya me hubiese divorciado o mejor aún le hubiere colocado los más hermosos y largos cuernos en su frente, para que al menos entre los dos existiera algo de igualdad él con sus rameras y yo con los míos …
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