martes, 3 de marzo de 2009

LAS CACERIAS DE DONATELLA - Capítulo 22 -

Aún seguía a la expectativa de que aquel hombre fuera mi mecenas, pero entre tanto embrollo de su inelegante discurso, había hecho que el momento en que sería su más carnuda presa, pasara aún vigésimo primer plano, hasta mi concurrida cabeza llegó a concretar de que aquel hombre era un vil y canallesco mojigato. Luego de tres tediosas e insensatas horas, ocurre lo no repentino, su mirada realiza un delicioso paseo por mi arribista cuerpo y hace escala para deleitarse con mis suntuosos y provocativos senos, sus labios cómplices hacen un extraño pero incitador movimiento y su lengua para calmarlos los moja con su pendenciera saliva; por supuesto, miro disimulada y coquetonamente su cuello y me doy cuenta que en su garganta pasa litros y litros de aquel espumajo.

Sin que se diera cuenta, aproveché para danzarle eróticamente, inclino mi cuello con delicadeza y sutileza; igualmente juego con mis piernas de arriba hacia abajo; mis dedos, mis manos y mis brazos son el gran despiste que ronda por mi beligerante cuerpo; mi cabello atrapa una, dos y tres veces su mirada; mi suave y cándida voz lo deja anonadado y por último mis labios y mis ojos pornográficamente lo lleva al placer del descarriado voyerismo.

No descarto que por su mente pasara algo como – Eres una presa fácil – pero eso tan predecible que cambie por seguridad los papeles; sencillamente me quede quieta y agregue a mi cuerpo una pizca de insinuación, de repente todo queda en un abrumador silencio y los únicos bulliciosos de aquella película eran nuestras morbosas miradas; era tal la presión, que aquel personaje no resistió y se lanzó como pantera sobre mí, echando de menos las miles de miradas de aquellos cuadros que asechaban nuestro acto.

Esta pantera desgarra mis vestiduras, agarra de mi cuello y cabello exclamando –Verdaderamente eres bien fácil – y yo con una ingenua burla le respondo – No, tú eres el fácil, aquel que me pide a gritos que sea tu mecenas – él con su gran machismo responde – Y me comes – nuevamente le respondo – lo más delicioso, barato y sádico para comer – aún así los dos ahogados seguíamos teniendo el más asqueroso pero excitante sexo entre unas sucias y mal olorosas sabanas.

Los gemidos no se hacen esperar, mis uñas pasan por su cuello y espalda dejando una larga y dolorosa herida, tanto así, que ha quedado entre mis dedos sangre y el con su lengua saborea y lame como si fuera Vlad Tepes , toma sin permiso mis senos y los muerde como si fueran dos pedazos de carne con salsa de deseo, todo esto es tan placentero y doloroso que le exclamo de un solo grito – dame, dame más – y penetrándome me responde – Te llevaré directo al infierno - entre la pasión y el erotismo sigo exclamando – Siento un exquisito dolor – y el en su jolgorio sigue con más fuerza sin tener piedad.

En esta cama no solo hay sexo, hay guerra, masoquismo, deseo carnal y pasional; no existe la oportunidad de pensar sino de actuar, pero en este acto lo único que ha quedado prohibido es amar o realizar cualquier cosa a lo parecido.
Los dos aún seguíamos en nuestro infierno sexual, pero de pronto sucede algo que hace cantar a los mismísimos ruiseñores…


Las cacerias de Donatella - capítulo 22-
By Johana Arango

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