Una buena dosis de
estimulación anal. – ¡¿ESTIMULACIÓN
ANAL?! – realmente Mario me sorprendió, ya que nunca me había permitido
acercarme a esa parte.
– ¿Lo estás disfrutando conejita? –, – ¿Quieres saber hasta dónde soy capaz de llegar? –, – ¡Imagínatelo! – de la nada sacó un cono
anal, el cual tenía ya lubricado. Empezó por supuesto a introducirlo, pequeños
movimientos de vaivén, gemidos que a la vez me generaba deseo y asco; mientras
con una mano sostenía el objeto, con la otra se masturbaba, cada vez era más
fuerte el ajetreo.
Fueron tan bastos los
movimientos, que su laptop cayó del lugar dónde se hallaba, pero no tardaron
mucho en recogerla. Confieso que sentí un tremendo escalofrío al ver que Mario
tenía en su apartamento compañía. Enfurecida refuté – ¡Eres un bastardo infeliz! –, – ¿Quién
es la guarra que te acompaña? –, – ¿Porqué
me haces esto y desde cuándo? –, – ¡RESPÓNDEME
Mario!
–, – ¡Deja de hacer
eso! –. Ya las lágrimas y la desesperación me tenían
acorralada. No obstante, Mario retiró aquella cosa de su recto, miro fijamente
hacia la cámara con sonrisa insolente e invita a su acompañante… más sorpresas.
Otro hombre, dos penes frente a mi pantalla, besos, caricias, morbo,
copulación… ¡SEXO GAY!
Quedé perpleja al
ver semejante burla; durante cinco minutos no se presentaron signos de
parpadeo, mi visión quedó completamente nula, con respiración poco funcional y elemento
estático; mi razón… ¿Qué es la razón?
Finalmente la conmiseración… ¿Se apiadó
de mí? Sólo sé que la luz se fue. Eso sí, el servicio eléctrico y yo
duramos dos horas y 37 minutos, mientras ella estaba felizmente ausentada,
yo seguía ahí… sola, sentada y desganada. No poseo inconvenientes para con la
comunidad LGBT y menos para con sus actos sexuales, simplemente había quedado
desorientada gracias a la conducta de ese… Mario.
Aquí no cabía la
pregunta ¿En qué fallé? y ¿A quién le adjuntaré la culpa? –, – ¿A los que sirven de sujeto en una oración? –, – yo, tú, él, ella, nosotros,
ustedes, ellos –. Por ahora el causante específico
era el malhadado singular en tercera persona.
Mi cama no me quería
recibir, los muebles se encogieron, la cocina tenía ya preparado mi afilado
lecho de muerte y ni hablar de los demás lugares del domicilio, en pocas
palabras mi “humilde” morada me sacó a patadas.
© Johana
Arango, 2010
RUT
56.271.641
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autorización por escrito del editor.
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