Esto es un capitulo de mi escrito "Otra para la imprenta" especialmente para aquellos voyeristas del medio leyente de la desepción y traición.
Solamente llegué aquel lugar y mientras mi brazo se preparaba para abrir la puerta porque una parte de mi mente se lo pedía, la otra fracción de mi subconsciente me decía a gritos que algo no anormal pero tampoco normal estaba sucediendo.
Tomé la perrilla con miedo y al mismo tiempo sintiendo esa gran presión que había generado, tal vez por la misma pizca de locura que siempre va conmigo, aún así descarada y confianzudamente fui abriendo poco a poco esa puerta, diez grados, veinte grados, cuarenta y tres grados hasta llegar a los noventa grados más desalentadores; mis ojos fueron los últimos en reaccionar, pero los primeros en presenciar la mismísima traición en mayúscula que acompañaba al incesante libido carnal de dos delincuentes sobre aquella cama que una vez llegó a tocar , cubrir y sentir mi cuerpo, cuando me hundía en la misma pasión de la ópera de mis gemidos y los placeres del amor.
Al mismo tiempo, esos delincuentes sobre la traicionera cama, no sé muy bien si amándose o teniendo sexo, fueron descubiertos en flagrancia; unos de ellos, se levantó de su excitante y entretenido lecho exclamando una de las frases más célebres – no es lo que piensas – y lo más irónico es que aquel delincuente se trataba del hombre que más quería y amaba.
Salí huyendo de la bochornosa escena sin derramar ni una lágrima, eso significaba que mis ojos aún seguían sin reaccionar; el delincuente amado logra alcanzarme, y desesperado me da razón de su hazaña, sin embargo, sigo sin entender.
Todo es tan confuso, que el mismo tiempo para ayudarme hace un pare en el espacio y mi mente comienza a sacudir entre mis recuerdos buscando una razón o el día en que lo perdí, hasta que por fin había llegado a una simple conclusión, la culpa de que se cometiera este delito solamente la tenía yo, todo por cometer aquel crimen de amarlo y entregarle lo más hermoso y preciado; solo cabe decir al César lo del César y a mí?..
Pero al fin, llega ese momento en que toda mujer testifica u opina sobre el tema, mientras las paredes estában a la expectativa de mi relato, exclamé - Déjame ir, solamente quiero salir – el delincuente me abraza y sigo exclamando – Perdóname, por haberte ofrecido lo peor, lo más cruel y doloroso de este mundo “el amor” y por haberlo rematado con un te quiero – el criminal me suelta y descaradamente de sus ojos salen de esas sensibles lágrimas y de manera sarcástica mis ojos aún seguían sin reaccionar.
De igual modo, continuaba – Te perdono, porque yo soy la culpable de todo lo sucedido, por esto no te guardaré rencor – todo lo anterior lo manifestaba con una sonrisa nerviosa e hipócrita, sin embargo, continuaba diciendo – No te preocupes, seca esas lágrimas que estaré dentro de media hora muy bien, he sufrido y recibido tantos golpes, que seguramente esto lo resistirá una vez más mi corazón – pero algo dentro de mí sabía que no podría soportar algo así, aunque mi exterior se presentara con ese carácter firme y caustico, mi interior estaba al revés, a punto de desplomarse además, ofuscar el dolor que me invadía era bastante difícil.
Finalmente el delincuente se queda sin palabras y me deja ir…
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